RELATOS

El poder de los intereses

10 Jul , 2015  

Eran casi las cuatro de la tarde, Leyna estaba dando un paseo por la casa cuando pasó por delante de la sala de estar y su padre la llamó.

– Leyna ven un momento, tenemos que hablar contigo.

– Sí, padre-. Leyna entra en la sala y se dirige hacia el sillón que hay frente al de su padre, entre ambos hay una mesita con dos copas llenas y una botella de vino abierta. Detrás de su padre se encuentra su madre con su copa en una mano y la otra sobre el respaldo del sillón, la mira atentamente mientras ella toma asiento.

– Desde hace un tiempo hemos estado buscándote un prometido que te haga feliz, y después de varias observaciones hemos decidido que la mejor opción sería Lord Helmunth de Gotinga. Es apuesto, educado y el heredero de su familia. Además tiene una hermana más o menos de tu edad, con lo que tendrás una amiguita de confianza. Espero que nuestra elección sea de tu agrado. – Le sonríe amablemente, mientras su madre se muestra ajena a la conversación observando el vino dar vueltas en su copa.

– La semana que viene se hará la celebración de pedida, tu madre se encargará de que estés preparada para la ocasión.

Leyna estaba realmente feliz, de todos los hombres que había conocido hasta el momento en las reuniones que se hacían entre los señores, Helmunth era el más apuesto que había visto y educado, una vez bailaron juntos y aún lo recordaba todo como un sueño.

– Me agrada su elección padre, nadie mejor sabe lo que me conviene.- Inclinó la cabeza con una sonrisa en los labios. Su madre volvió y se situó frente a la mesita:

– Pues entonces brindemos por nuestra futura familia, y porque seas muy feliz con el hombre que te protegerá de ahora en adelante. – Paseando la mirada desde su hija hasta su esposo, al cual miró fijamente al pronunciar las últimas palabras de la frase.

Los tres brindaron y se bebieron la copa de vino rosado, el más dulce que tenían, que era el que le gustaba a Leyna y su padre guardaba unas cuantas botellas solo para momentos especiales.

En cuanto acabaron la reunión Leyna se fue a ver a su amiga Zelinda, y su confidente desde que eran unas crías.

– Zelinda tengo algo muy importante que contarte.- el corazón le iba a mil y tenía la respiración acelerada. Zelinda la miró con asombro, dejó a un lado lo que estaba haciendo, labores del hogar, y le preguntó que era eso que tanto la agitaba.

– Mi padre me va a casar con Helmunth. ¡Helmunth de Gortinga!

– Eso es maravilloso. Cuanto me alegro por ti Leyna.- se abrazaron. – que envidia me das, te llevas al más guapo de la zona. ¿Tu hermano lo sabe?

-Pues no lo se, creo que no, pero tampoco creo que le importe mucho y de todos modos tendrá que conformarse, sino, padre le hará entrar en razón.

En ese momento la puerta se abrió de golpe y un muchacho de 21 años irrumpió en la habitación con cara de enfado.

– ¿Porqué tendría que hacerme entrar en razón hermanita?

– ¿Qué haces aquí? ¿ Es que no tienes educación?

– Tranquilos los dos, Leyna, Geert estaba ayudando a mi padre, ¿verdad Geert?- Le hace una mirada de complicidad, esperando que le siga el hilo. Geert un poco desconcertado asiente.

– Sí, pero ya he acabado y como he visto que Leyna entraba corriendo he venido a ver que pasaba.

– Helmunth… tienes suerte, me cae bien. A ver si padre se porta tan bien conmigo y me consigue a una chica bien guapa, que se deje hacer lo que me plazca. – y se fue riendo.

– Que idiota que llega a ser… normal que padre sea tan duro con él, se lo merece.

Cuando se giró para seguir con su conversación vio que corrían lágrimas por las mejillas de su amiga. Enseguida entendió que es lo que pasaba, y la consoló.

– Zelinda… no deberías tomar en serio lo que dice Geert, es un idiota, pero cambiará, ya verás y entonces se convertirá en un hombre de provecho, aun es un niño.- La abrazó y cuando se calmó siguieron de celebraciones.

Para Leyna los días se hicieron eternos, pero al final llegó el día de la celebración. Llevaba el vestido que su madre le había comprado especialmente para la ocasión y no paraba de repasar todo lo que le había estado enseñando. Estaba nerviosa, Zelinda estaba todo el rato a su lado, pero aún así no podía evitar el temblor de manos.

Los invitados empezaban a llegar, entre ellos habían muchos conocidos, pero también algunos a los que no había visto nunca. Uno de ellos cruzó su mirada con ellas, Zelinda sintió un escalofrío y a Leyna se le pasaron temblores. Era un hombre de la misma altura que Helmunth, casi de la misma constitución, un poco más mayor, pero atractivo, de pelo negro y mirada penetrante. Vestía formalmente, no destacaba del resto de invitados, pero ese momento hizo que sintiera algo, pero ni ella misma sabía si era algo bueno o malo.

Fueron a tomar algo para reducir los nervios. Al fondo de la sala había una mesa enorme con platitos llenos de comida, a cada lado de la mesa habían montones de platos y copas para que cada uno se sirviera a su gusto. Leyna comió un poco, y se tomó una copa de vino dulce, cuando fue a por más vino tropezó con alguien, se le cayó la copa y se hizo añicos, pero solo unos cuantos a su alrededor oyeron el ruido, la alfombra sin embargo quedó manchada por los restos de vino. Ella enseguida se agachó para recoger los trozos rotos mientras se disculpaba:

– Lo siento Señor, no le había visto.

El hombre se agachó para ayudarla a recoger los trozos y sus rostros quedaron a la misma altura, sus miradas se cruzaron..

El hombre se agachó para ayudarla a recoger los trozos y sus rostros quedaron a la misma altura, sus miradas se cruzaron de nuevo, era él, el hombre del cabello negro, y sus ojos eran casi tan negros como éste.

– No, perdóneme a mí, ha sido culpa mía. Si me permite le serviré otra copa.

Sin decir nada le siguió, éste le tendió una copa y de entre las botellas de distintos vinos escogió el rosado y llenó la copa.

– Perdone, no nos han presentado.- Dijo Leyna por fin.

– Mi nombre es Edmond, vengo de Inglaterra por negocios y me recomendaron que habláse con Lord Fremont Kassel, pero quizás no sea el mejor día. ¿Qué se celebra?- Cogió otra copa, la llenó y tomó un trago. Luego la miró esperando una respuesta. Leyna se había puesto roja. – Oh, ¿Es qué he dicho algo malo señorita?

-No. Fremont Kassel es mi padre, y hoy… – bajó la cabeza, notaba que se le habían subido los colores. Cuando volvió a levantar la cabeza vio como Edmond tenía la cabeza un poco inclinada y sonreía amablemente.

– … hoy me convertiré en la prometida de Hermunth de Gotinga.

– En ese caso, felicidades – dijo haciendo una reverencia- quizás sea mejor que dejemos esta

conversación y sigamos nuestros caminos señorita. Un placer haberla conocido, nos volveremos a ver si su Señor padre así lo desea.- hizo otra reverencia y con una sonrisa se perdió en la multitud.

Volvió con Zelinda, se sentó en el sofá y bebió un trago. De repente se dio cuenta de que era el vino rosado que tanto le gustaba, pero en ningún momento de la conversación le indicó que vino quería. Zelinda y ella estuvieron hablando un rato de todos los invitados. Su padre estaba ocupado hablando con unos y con otros.

Helmunth ya estaba en la fiesta, pero no lo había visto aún. Empezó a sonar música, algunos de los invitados se pusieron a bailar mientras el resto se retiraba alrededor de la sala para seguir con sus conversaciones. Entonces una voz masculina se dirigió a ella:

– ¿Me permite este baile?

Cuando se giró sintió como si toda la sangre le subiera a la cabeza. Era Helmunth, estaba radiante. Solo pudo tenderle la mano y dejarse llevar. En la segunda canción ya empezaron a entablar conversación.

– ¿Qué opinas de esta unión, Leyna?

Levantó la vista y vio como la miraba fijamente, su expresión era seria pero amable.

– Se que serás un buen esposo y espero ser buena para ti.- se le subieron de nuevo los colores.

– Entonces creo que nuestros padres saben lo que hacen.- Le apartó un mechón de pelo y le acarició la mejilla. Leyna no pudo evitar cerrar los ojos y dejarse llevar calor el calor de su mano, era muy agradable y suave. Entonces se acabó la canción y empezó una más animada, cambios de pareja.

Mientras bailaban vió como su padre estaba hablando con el hombre de cabello negro, Edmond, no parecían muy de acuerdo el uno con el otro, pero aun así, el hombre se retiró educadamente, aunque con un enfado evidente. Durante un buen rato Leyna no volvió a ver al hombre.

El resto de la noche transcurrió tranquilo, se hizo el brindis por ambos implicados y continuo el baile y los negocios.

Algunos de los invitados empezaban a marcharse, pero otros seguían bailando y disfrutando de la fiesta. Tanto Leyna como Zelinda no paraban de bailar, Helmunth ya se había retirado de la zona de baile. Empezó otra canción de cambios de pareja, y en el cambio se encontró bailando con Edmond.

– Hola señorita, ¿me permite este baile?

– Sí.- siguieron con el baile.- Pensé que se había marchado, hacía mucho rato que no le veía.

– ¿Me buscaba entonces? Pues ya estoy aquí. – sonrió- Salí a tomar el aire fresco, hace una noche estupenda, el cielo esta despejado y se ven las estrellas.

– ¿ Las estrellas?

– Sí, después de este baile si quiere se las puedo mostrar, seguro que le gustaran. A todas las damas les gustan las estrellas. No se preocupe, no nos alejaremos.- añadió al ver su cara de espanto por la proposición.

Al acabar la canción salieron fuera, fue entonces cuando se dio cuenta de lo cargado que estaba el ambiente dentro.

– Su padre la tiene en mucha estima al dejarle el negocio en herencia.

– ¿Cómo sabe que soy la heredera?

– Todo el mundo lo sabe. Está claro que tu hermano no está preparado, sin embargo, a ti te ha preparado para llevar el negocio.

– ¿Y eso que importa ahora?

– Importa.

Miró fijamente a los ojos de Leyna, la luz de la luna era suficiente para ver claramente el rostro serio de Edmond.- Eres joven, hermosa y tienes otras cosas mejores que hacer que amargarte por un negocio de hombres. – le acarició el pelo, suave como la seda, luego su mejilla. Leyna no podía evitar una sensación agradable, aunque aquello estuviera mal. Se dejó llevar y sin darse cuenta estaba en los brazos de Edmond experimentando una mezcla de dolor y placer en el cual quedó atrapada por lo que le pareció una eternidad.

Cuando despertó se encontraba en un lugar en el que no había estado nunca, pero por una extraña razón no le era desconocido, todo a su alrededor estaba bien ordenado, cada cosa tenía su sitio en esa habitación. De repente sintió como un pinchazo en el cuello, cuando puso la mano sobre el dolor notó que tenía como una herida, buscó a su alrededor un espejo para verse y en ese momento sintió una mirada fija sobre ella, allí, en la puerta, apoyado en el marco estaba Edmond.

– No te preocupes, desaparecerá. ¿Sabes?, Aun te están buscando como desesperados, tu padre está poniéndolo todo patas arriba para encontrarte y Helmunth le está ayudando, aunque a éste le flaquean más las fuerzas que a tu padre. Es una muestra de lo mucho que te quiere tu futuro esposo, ¿no crees?

– ¿Qué me has hecho? ¿ Porqué me tienes aquí, qué quieres, dinero?

– No. No quiero dinero. Te quiero a ti. Eres más valiosa así, con lo que te ha enseñado tu padre podemos hacer grandes progresos juntos y yo siempre te protegeré, porque puedo, no como tu padre que ha sido incapaz de evitar que te trajera conmigo.

Por unos segundos se quedó en blanco, no sabía que decir, que hacer, se sentía confusa, perdida, sola, empezó a ver borroso y en un instante estaba llorando desconsoladamente sin poder parar.

Edmond la observó durante un rato esperando que se calmase pero no paraba de gimotear y mojar las sábanas, así que se acercó a ella y la tomó en sus brazos, ella no le rechazó y siguió llorando algo más calmada.

Edmond se mordió en el brazo y le ofreció a Leyna, pero en ese momento sí que le rechazó, no bebería nada que saliese de él. Tras un pequeño forcejeo acabó bebiendo como si le fuera el alma en ello. Edmond se apartó y la dejó tendida en la cama.

Durante unas semanas Leyna estuvo en ese estado de dejadez y él la cuidaba. Entre tanto su familia seguía buscándola sin resultados, su madre parecía menos preocupada, nunca estuvo de acuerdo con que ella fuese la heredera y su hermano tampoco parecía poner mucho de su parte, por lo que quedaba sólo su padre en busca de su hijita querida.

A los meses se fueron de esas tierras para evitar el contacto con su pasado, ya que Leyna insistía de vez en cuando en ver a su padre por última vez y Edmond veía sus intenciones.

Marcharon hacia el sur.

Los años pasaban y su relación se iba consolidando gracias a que ella no tenía nada más a que aferrarse, pero aún se guardaba todo lo que él le había quitado aunque a veces se olvidaba de ello.

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Aclarando ideas

Querido diario… o… diario de un vampiro… no se como empezar, supongo que es como cuando era mortal pero estas palabras salen de un ser muerto.

Hecho de menos a mis seres queridos, a esos paseos al atardecer al lado de Zelinda hablando de cosas tan inocentes… Ahora mismo siento muchísima tristeza al recordar todo lo que no puedo tener y he tenido, cosas, momentos y personas que no he apreciado como los aprecio ahora. Me paso horas llorando sin poder parar, no consigo sacar esos recuerdos de mi mente.

Edmond intenta consolarme y yo no se si dejarme o apartárlo. Todo esto es por su culpa. Aunque no se porque mi padre le rechazó, quizás sintiera algo malo en él, si fue así no se equivocó, pero seguro que no pensó que pudiera pasar nada tan horrible. Y ciertamente no sabe lo que me ha pasado, pero a estas alturas ya me han dado por muerta.

Edmond me va informando de como está mi familia, es su forma de mostrarme que le importo. A veces no se de que modo le importo, pero si siento como se esfuerza por que esté bien y cada vez que me hace sonreír me da un beso. Tiene cambios de humor muy drásticos. Muchas veces me da miedo aunque en el fondo algo me dice que no me hará daño.

Me instruye en este nuevo mundo. La verdad es que es como mi nuevo padre o mentor o… amigo. Hasta ahora no he visto a ninguno más como nosotros, pero me habla de ellos aunque hay muchas cosas que no entiendo, él insiste en explicármelas. Una de las cosas que no me gusta nada hacer es matar, no me gusta. Es horrible quitarle la vida a otra persona. Aún recuerdo los sollozos de aquel pobre hombre. Edmond esperaba que yo cayera sobre él como un felino hambriento, hambrienta estaba pero el hecho de matar a un ser vivo era superior. Edmond fue el que cayó sobre él y me llamó para que le mordiera mientras él lo sostenía, el hombre no paraba de lloriquear y suplicar por su vida. Yo estaba paralizada, horrorizada, no era posible que esa fuese la única forma de “vivir”. Al ver que no reaccionaba lo dejó inconsciente y me agarró por el brazo, arrastrándome hacia el hombre, no paraba de repetirme que tenía que beber, beber su sangre… me puso la mano en la nuca y me acercó al cuello del hombre. Las lágrimas ya caían por mis mejillas cuando empecé a sentir una fuerza de atracción hacia el hombre, deseo de beber. Fue un momento de placer increíble, no podía separarme de la fuente de tal placer. Estaba tan caliente, bombeando, ese toque salado…

Edmond me tuvo que separar y tranquilizarme. Cuando me calmé, volví en mi y al ser consciente de lo había hecho me sentí horriblemente mal, como si el corazón muerto que había en mi interior se pudiese encoger más.

Ahora a pesar de que no me gusta matar he tenido que aceptarlo.

Antes de ese momento me traía sangre, no se de donde la sacaba pero era mucho mejor. Llegamos a discutir porque yo quería que me trajera de nuevo la sangre en vez de matar, pero no podía permitirse el lujo de mantenerme, tenía que aprender a sobrevivir y aceptar lo que era. Lo que soy.

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